Ganado de engorda

Las reses van entrando al establo. Emocionadas unas por la incertidumbre del reencuentro con ese ser monstruoso pero al cual han extrañado por mucho tiempo: el ganadero. Otras, temerosas por la misma razón; mientras el resto, una minoría, van sólo para presenciar al ser que las ha tenido hipnotizadas a todas desde el día en que nacieron y del cual tienen vagos recuerdos. La nostalgia llena de curiosidad a los bovinos seres. Ya que entraron todas, con sobrecupo por supuesto para sacar la máxima ganancia posible, se colocan de manera apretada y voltean su vista al centro del establo. El humano que las conoce desde hace mucho tiempo les habla en una voz que reconocen severa, pero que no entienden nada. Les avisa que por varios meses estarán ahí, sin moverse, teniendo únicamente la capacidad de observar al centro, mugir, comer y defecar. Sus sentimientos no importan, son mercancía y signos de pesos y dólares. Ese es su fin último: alimentar los bolsillos del capataz rapiñero en turno. El destino de estos animales es solamente ingestar lo que tienen enfrente: forrajes y semillas modificados para darles cada vez mayor apetito. Con ello, ellas comerán desenfrenadamente y sin hartarse el producto que tienen enfrente (sobre todo después de tanto tiempo sin probar un bocado). Además se les inyectarán sustancias que las harán más obedientes y más voluminosas. Las reses saben que algo está mal, pero no les importa: mientras sigan comiendo e ingiriendo lo que tienen enfrente, aunque sea dañino y de pésima calidad, no importa nada. Y les volverán a colocar otra ración… y otra…. y otra… Y ellas seguirán gustosas de ser explotadas con tal de que les pongan otra ración. El ganadero, contento se retira a su casa y oficina a contar el montón de divisas que ya tiene. Realiza cuentas, piensa, se lame los labios. Hace unos cuantos números y se percata de que tiene muchos establos con vacas hambrientas a las cuales engordar y drogar con su pésimo producto, y que además le dejarán una buena cantidad de dinero una vez que se retiren del establo. ¿Clembuterol? ¡Qué importa! Total, mis reses aguantan todo… ¡y hasta piden más! Nunca se rebelan, nunca dejan de consumir el producto. ¡Pues qué mejor! Muy probablemente terminarán en el bocado de algún seleccionado mexicano, pero esa es otra historia.

Los aficionados van entrando al estadio. Emocionados unos por la incertidumbre con ese ser monstruoso pero al cual han extrañado por mucho tiempo: la selección nacional. Otros, temerosos por la misma razón; mientras el resto, una minoría, van sólo para presenciar al ser que los ha tenido hipnotizados a todos desde el día en que nacieron y del cual tienen vagos recuerdos. La nostalgia llena de curiosidad a los humanos seres. Ya que entraron todos, con sobrecupo por supuesto para sacar la máxima ganancia posible, se colocan de manera apretada y voltean su vista al centro del estadio. El humano que los conoce desde hace mucho tiempo les habla en una voz que reconocen severa, pero que no entienden nada. Les avisa que por 90 minutos estarán ahí, sin moverse, teniendo únicamente la capacidad de observar al centro, gritar, comer e ir al baño. Sus sentimientos no importan, son mercancía y signos de pesos y dólares. Ese es su fin último: alimentar los bolsillos del capataz rapiñero en turno. El destino de estas personas es solamente ingestar lo que tienen enfrente (sobre todo después de tanto tiempo sin ver a su amada selección). Además se les darán incentivos que los harán mas fieles y más fanáticos. Los aficionados saben que algo está mal, pero no les importa; mientras sigan presenciando e ingiriendo lo que tienen enfrente, aunque sea dañino y de pésima calidad, no importa nada. Y les volverán a colocar otro partido… y otro… y otro… Y ellos seguirán gustosos de ser explotados con tal de que les pongan otro partido. El federativo, contento se retira a su casa y oficina a contar el montón de divisas que ya tiene. Realiza cuentas, piensa, se lame los labios. Hace unos cuantos números y se percata de que tiene muchas ciudades con aficionados deseosos a los cuales exprimir y drogar con su pésimo producto, y que además le dejarán una buena cantidad de dinero una vez que se retiren del estadio. ¿Islandia ‘C’? ¡Qué importa! Total, mis mexicanos en Estados Unidos aguantan todo… ¡y hasta piden más! Nunca se rebelan, nunca dejan de consumir el producto. ¡Pues qué mejor! Muy probablemente terminarán en la cárcel de algún condado fronterizo o de plano deportados, pero esa es otra historia.

La diferencia es que las reses son animales sin juicio que van obligadas al establo, mientras que los aficionados mexicanos en Estados Unidos son seres humanos (implícito va el que son racionales) que pagan por ir al estadio. Todo lo demás es mera coincidencia…

¿Hasta cuándo dejaremos de ser el ganado de engorda de la FEMEXFUT?  ¿Hasta cuándo dejaremos de permitir que nos dopen como aficionados?

Dejemos de pagarle los bisteces y pechugas a Justino y compañía.

'Ve maestro. Pedimos un bufet todo-lo-que-pueda-comer de caviar y nos traen tacos al pastor'.

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Una respuesta a Ganado de engorda

  1. Israel Nungaray González dijo:

    Excelente nota. Yo opino que está en nosotros iniciar el cambio. Tan sencillo como evitar los partidos moleros y la cada vez más pobre liga mexicana,

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